Actitudes básicas
La palabra “vivir” con seguridad no tiene el mismo significado para todo el mundo. Esa diferencia en los significados viene marcada por la actitud. La actitud básica es la elección que hacemos a la hora de vivir nuestra vida. Aunque se puede modificar en cualquier momento, suele ser bastante estable desde la adolescencia, salvo que se haga el trabajo de cambiarla. La actitud básica es algo así como el planteamiento: “vivir para mí es…”
Hemos identificado 4 actitudes básicas:
1. Sobrevivir: parece claro que vivir y sobrevivir, son dos posiciones diferentes. En las dos se está vivo, pero cualitativamente hay diferencias. Sobrevivimos a las crisis, a los cambios imprevistos, a las dificultades, a las urgencias. En realidad, sobrevivir es algo básico en el proceso de adaptación. Y sólo tiene sentido como parte de ese proceso. Es decir, cuando la crisis ha pasado y nos hemos adaptado, no tiene sentido seguir manteniendo esa actitud de “naufrago”. Sin embargo, hay personas que mantienen su propio “naufragio simbólico”, se han hecho adictos a la urgencia, a la lucha y la propia adrenalina. “Todo ha de hacerse rápido”, cualquier “esfuerzo siempre es insuficiente”, “el peligro está presente en cualquier parte”, “no se puede bajar la guardia”, hay que “ir con cuidado” y uno “no se puede confiar”… son afirmaciones que denuncian una actitud de supervivencia. Esta actitud se apoya en un sentimiento más o menos consciente de miedo permanente, impreciso y sordo. El esfuerzo compulsivo y el estrés son los otros componentes de esta actitud. El superviviente no tiene tiempo para vivir y ha olvidado disfrutar. Es prisionero de la necesidad de control y cuanto más medidas de control establece, paradójicamente más inseguro se siente. Naufraga en pensamientos de insuficiencia, amenaza, urgencia y lucha. Todos los trastornos de ansiedad denuncian supervivencia.
2. Distraerse: Posiblemente sea la actitud básica más frecuente en las sociedades desarrolladas. La distracción es la perversión de la estabilidad. Encuentra su terreno fértil en el “área de confort”, desde donde cualquier tipo de cambio da pereza ponerlo en marcha. El distraído, no vive… deja que la vida pase. Deja que el tiempo pase, día a día. Está más o menos aburrido, perezoso, acomodado, deprimido, bloqueado, ocupado, tranquilo, estancado… está en ese “más o menos” y espera que la vida pase y que algún día las cosas cambien sin hacer nada para cambiarlas. Si el miedo es el sentimiento de fondo del náufrago, la pereza es lo que mantiene sólidamente anclado al distraído. No está mal, no es ningún naufrago. Es consciente de que no sufre ninguna crisis, es consciente de “todas las cosas buenas que hay en su vida”… pero es incapaz de disfrutarlas. El distraído “no está mal”, pero tampoco “está bien”. Es fácil diferenciar “estar mal” de “estar bien”… pero los distraídos confunden “no estar mal” con “estar bien”. Cualquier cosa sirve para distraerse: el trabajo, la actividad social, internet, la TV, o simplemente el sofá. Todo vale con tal de no abordar la cuestión clave: ¿este es el tipo de vida que quiero tener? El distraído es prisionero de sus costumbres, sus comodidades, su dejadez y su pereza. Y evita tomar decisiones, en realidad tomar decisiones le pone los pelos de punta. Se ha instalado en su cotidianidad y sus hábitos. Está anestesiado en la tibia comodidad de su zona de confort y ve la vida pasar mientras posterga decisiones. En realidad, cada distracción cumple ese papel, evitar decidir, porque decidir es vivir.
3. Destruirse: Cuando vivir se interpreta como un proceso doloroso o vacio de significado, y la anestesia de la distracción ya no es suficiente, es fácil entrar en un proceso de destrucción. En realidad el destructivo busca salir de la realidad que el mismo ha construido a mamporros. Y el mamporro definitivo se lo da él mismo. Hay destrucciones rápidas (un disparo en la sien) y destrucciones lentas (cualquier tipo de adicción). El camino de la destrucción es muy rico y variado: desde el suicidio, las toxicomanías, el sexo inseguro, las relaciones toxicas, las actividades de riesgo, los trastornos de alimentación, la delincuencia, determinadas enfermedades, las adicciones y dependencias o sencillamente el ir machacando la propia vida con hábitos dañinos. Por eso, a los “buscadores de intensidad” la vida les resulta una carga insulsa y pesada. Y encuentran en el “vértigo del riesgo” ese punto entre la vida y la muerte que les conecta con lo real. Cada aproximación al límite es un intento de salir del hastío y de esa vida vacía. También cada aproximación al límite es una oportunidad para cambiar de actitud y optar por vivir o para el abandono definitivo.
4. Vivir: Es algo muy diferente a cualquiera de las otras 3 actitudes básicas. En todos los casos se respira, se come, se tienen relaciones, se va al trabajo o se conduce el coche. Pero vivir tiene connotaciones que también conectan con lo real. Vivir tiene que ver con la conciencia, con darse cuenta de lo que pasa al alrededor, con sentir la vida en cada respiración (no sólo la intensidad del vértigo) con tomar decisiones y asumir riesgos, con disfrutar y amar cada instante de vida. Sobretodo con amar. Vivir es conciencia y amor. Es abrirse a cada situación, aprender de cada experiencia y poner amor en cada acción. Si sobrevivir es miedo y urgencia, distraerse es pereza y confort, y destruirse es intensidad y vértigo, vivir es ser feliz. Así de sencillo: felicidad. La felicidad es el estado natural de nuestro psiquismo, como la salud es el estado natural de nuestro cuerpo. No se es “demasiado” feliz, como no se está “demasiado” sano. La felicidad es el estado emocional que me corresponde. Y como una actitud, no depende de lo que pasa, depende de cómo vivo lo que me pasa. Y cuando dejo de ser feliz sé que estoy dejando de vivir. Vivir es ser consciente de que yo creo mi realidad, que soy responsable de mi tiempo y mis recursos, que todo lo que me sucede es el resultado de mis pensamientos y mis acciones. Vivir es una actitud permanente y no hay “piloto automático”, cada instante es una oportunidad de conciencia y amor, una oportunidad de construir la felicidad.
Lo que hemos comentado es tanto válido para personas como para grupos humanos: empresas, familias, organizaciones… Hay familias que viven en la destrucción, empresas que sobreviven, amigos que se distraen… y también hay empresas, familias y grupos sociales que viven, que se enriquecen, que son creativos y que generan un entorno sano de crecimiento y felicidad. Pero lo de los grupos humano da para otro post.
Yo personalmente no tengo ninguna duda. Para mí sólo hay una actitud válida. Yo, como cada vez más personas, elijo vivir cada momento..
Etiquetas: desarrollo personal
enlace permanete de este apunte pulsando sobre la hora:



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
Vínculos a esta entrada:
Crear un vínculo
<< Página principal